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El gran silencio

Autor crítica: BEGOÑA DEL TESO

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Para glorificar este divino filme se supone que hay que escribir que es justo lo contrario del cine-espectáculo, del cine de acción, del cine de estrellas, del cine con efectos especiales. No, no hace falta. En realidad, El gran silencio es la quintaesencia del Cine. De todo el Cine. ¿Que no tiene efectos especiales? Mentira. El sol que calienta la piedra e ilumina el claustro es el sueño de todo maestro de pirotecnia cinematográfica. Como la nieve que todo lo cubre. Como el granulado de la película. Como el milagro del cambio de las estaciones del que somos testigos tal que si estuviéramos en una sala de ultimísimo diseño.

Dicen que es una película muda. Mentira. No sólo hay un puñado de palabras que nos ponen en contacto directo con la espiritualidad más excelsa sino que El gran silencio es todo menos silente. Se oye crujir los pliegues de los hábitos de lino. Se escucha el doblarse de los cuerpos en oración. Resuena la azada y detectamos los pasos aterciopelados de los gatos. Fluye el agua y las vacas penetran traviesas por los grandes pasillos de la Cartuja. Escuchamos cómo una ungüento acaricia la piel áspera de un monje anciano. Todo es sonido en El gran silencio. Quizás lo único que no se oye es, buena metáfora, ese avión que cruza por dos veces el cielo de los Alpes.

¿Que no hay estrellas en Die Grosse Stille? Todos y cada uno de los monjes, que resisten unos cuantos, imposibles y tremendos primeros planos con esa sabiduría que da el haber interiorizado aquello de "Vanidad de vanidades, todo es vanidad". Grandes estrellas cuya presencia, tanto corporal como espiritual llena la pantalla durante tres intensísimas horas que transcurren en un susurro, en un soplo, en una extraña y angélica melopea. El gran silencio es cine de cuatro, de cinco estrellas. Cine auténtico. Inquietante porque siempre existen unos gramos de tensión en la sala: ¿caerá el viejo jardinero a la acequia? ¿serán admitidos en la Orden los novicios?, ¿resistiremos los espectadores las tres horas? ¿Por qué estoy sintiendo lo que estoy sintiendo? Placentero, pues la pulsión de paz y felicidad de los monjes inunda al espectador y le hace actor de mil instantes de cine y vida.

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