Autor crítica:
Begoña del Teso
Podría haber sido una buena película. Incluso, tal vez, una gran película. Una extraña e inquietante película en la que un hombre busca desesperadamente el frágil camino que le lleve a escuchar la palabra de Dios mientras su familia se hace añicos y su hija parece alcanzar a través de las palabras, palabras con las que concursa deletreándolas por toda América, el contacto con la divinidad que a él se le ha negado.
Podría haber sido una película asombrosa. También sorprendente. En los límites de la zona crepuscular. A las puertas de dimensiones desconocidas. Una película que se rinde ante el excelso libro hebreo de la Cábala, misterioso intento humano de llegar a Dios a través de logaritmos, maquinaciones matemáticas y peligrosos juegos místicos de letras y números, seguro que siempre ansió, deseó con toda su alma, toda su fuerza y todo su corazón ser una gran obra. Y sin embargo, sin embago, La huella del silencio tal como es se desbarata, se desajusta, desbarra, derrapa y se estampa continuamente contra la crueldad de un Dios que no se muestra y de un celuloide que se le muestra ingrato. La huella del silencio, realizada por dos directores y basada en una novela de gran éxito en Estados Unidos, no encuentra su estilo, su ritmo, su melodia, sus palabras, su estampa, sus modos visuales, en ningún momento y cae en un celestial y atroz ridículo, tal como les pasó y pasa a muchos de aquellos que lucharon y luchan por ver o escuchar a Dios a través del tormento y el éxtasis.
La huella del silencio no sabe qué rayos hacer con sus personajes, cómo dotarles de alma, de realidad tangible. Cada uno de ellos se dirían auténticos golem de barro a quienes faltase el pálpito divino del buen cine. La película sabe qué quiere contar pero no tiene ni idea de cómo hacerlo y acaba aniquilando a todas sus criaturas, convirtiéndolas en grotescos muñecotes mientras la cámara y la luz se desparraman por una pantalla incapaz de contener tanto delirio. Y da pena porque en ese horror late un buen filme.
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