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La niebla de Stephen King

Autor crítica: Jesús Casañas

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Tras haber adaptado con gran maña y habilidad dos novelas de Stephen King a la gran pantalla (Cadena perpetua y La milla verde), el director Frank Darabont vuelve a repetir la fórmula del éxito, aunque si bien en las producciones antecesoras se declinó por historias encuadradas dentro de los límites la realidad, esta vez ha optado por meterse en el terreno que dio la fama al escritor norteamericano, es decir, el de lo fantástico y lo paranormal, volviendo de este modo a sus propios orígenes, cuando guionizó la aplaudida tercera parte de 'Pesadilla en Elm Street'. Como ya hizo en 1980 John Carpenter con The Fog, The Mist lleva al séptimo arte el texto de La Niebla, donde se narran los extraños sucesos de los que son testigos los vecinos de un remoto pueblo de Maine, EE.UU., cuando quedan incomunicados por una repentina tormenta. La bruma proveniente del lago ha logrado cubrir por completo la localidad e, inexplicablemente, aquellos que se ven atrapados por su espesor no vuelven a dar señales de vida. La mayoría de la población, apresurada a conseguir provisiones para los días venideros, logra atrincherarse en el hipermercado de la ciudad a expensas de poder volver a sus casas, cosa que, poco a poco, se irá haciendo cada vez más improbable.

El film utiliza muchos de los arquetipos del cine de terror para construir la historia. En primer lugar, la catástrofe apocalíptica, la venganza de la naturaleza contra el hombre, idea a la que se recurre en numerosas cintas del género como Piraña (encarnada en los voraces peces), Los Pájaros (las aves), El día después de mañana (la glaciación) o cualquier película de temática zombie, en las que la humanidad, bajo cierto tipo de castigo ecológico (escondido en este caso bajo la fachada de la niebla), paga con su exterminio sus excesos medioambientales.

En segundo lugar, la interpretación bíblica de la propia catástrofe, expuesta aquí desde un primer momento por la Sra. Carmody, la tópica beata lugareña, solterona, obsesiva y completamente chiflada indispensable en todo asentamiento de paletos que se precie y a la que, a pesar de su chaladura, se le intuye siempre cierto grado de razón cuando afirma en alto que 'vamos a morir todos'.

Por otro lado, el uso de una gran superficie comercial como refugio ante la amenaza exterior por parte de los supervivientes. Pese a que en un primer lugar es la opción más razonable, el asedio, el agotamiento de los víveres y la salud mental de los propios recluidos siempre obliga a los protagonistas a planear la escapatoria en busca de ayuda (El amanecer de los muertos vivientes, Zombi).

Una vez más, Stephen King arranca la trama de su relato con un gran planteamiento que, a medida que va desvelando, va perdiendo fiereza, precisamente por el hecho de dejar de ser misterioso (la niebla da más miedo cuando no sabemos lo que esconde, el ser humano teme lo desconocido). No obstante, y a pesar de los tópicos (o gracias a ellos), Darabont consigue una cinta entretenida en la que, para el deleite de los amantes del horror, pronto se masca la tragedia (el árbol derruido en el jardín del protagonista, donde jugaba en su infancia y el cual plantó su abuelo, no presagia nada bueno) y de la que, a pesar de su dilatada duración (120 minutos), lo más logrado y sorprendente es su final.

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