Autor crítica:
RICARDO ALDARONDO
Se podría pensar que si Michelle Pfeiffer ha estado cinco años sin hacer cine, era porque esperaba un guión de fundamento. O no. Porque entonces son otras las razones que le han hecho volver. Desde cierto punto de vista, el planteamiento de El novio de mi madre puede ser tentador para una actriz como ella, que ya ha alcanzado todas las metas posibles de la juventud, pero se tiene que ir planteando qué hacer a los 50. Y a la espera de llegar a conclusiones más certeras, se deja llevar por una película que la presenta en ese quiero y no puedo de la cuarentona (avanzada) que quiere hacer ver que aún puede ser una joven moderna, un poco inconsciente y un poco frustrada, capaz de seducir y ser seducida, tentada por la moda y ligeramente histérica (nada que ver con los excesos de Diane Keaton, sin embargo).
Pues eso ha debido ser. Otra posibilidad es que sea muy amiga de la directora y guionista, Amy Heckerling. Pero una cosa es la amistad y otra la necesidad de remontar una carrera en suspenso. Y elegir a la responsable de Mira quien habla y sus secuelas para que inicie tu nueva etapa pública, no parece lo más recomendable. Por lo demás, en lo artístico, el regreso no podía ser más anodino. Quizá El novio de mi madre (título español que riza el rizo del cliché, aunque el original es mucho más ambiguo) sea una carroza de oro para que se luzca Michelle Pfeiffer, pero ella está tan encorsetada, tan artificiosamente encajada en la película como todo lo demás.
La leve trama presenta a la típica mujer separada que trata de salir adelante en el agobiante entorno urbano de Los Angeles entre la competencia laboral, el agotamiento doméstico (sobre todo por su caprichosa y tontuela hija) y la falta de amor. No hay que preocuparse mucho, porque pronto encontrará un objeto de deseo, aunque aquí las dificultades se prensentan por la baja edad del novio, en comparación con la de ella, y por algunas argucias de compañeros de trabajo que casi estropean la relación. Y con esos hilvanes se elabora la hora y media de rigor.
Como siempre, quien quiera una dosis de intrascendencia y liviandad absoluta, y si tampoco exige que los diálogos tengan un poco de sustancia o que las situaciones sean mínimamente creíbles, quizás pueda pasar un rato a gusto. La Pfeiffer está guapa, el oficio no se lo quita nadie, y teniendo en cuenta la cargante hija que debe soportar, igual puede incluso despertar nuestra solidaridad. Los rasgos de moda y consumismo de escaparate pueden ser atractivos para otros. Pero si lo que aspiramos es a una comedia con ingenio y habilidad para sorprender, mejor dejarla correr. Seguro que la Pfeiffer regresa con algo mejor, antes de cinco años.
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