Autor crítica:
FERNANDO BELZUNCE
Si se califica de exóticas a aquellas películas procedentes de países como Tailandia, en el caso de las que llegan de lugares como Mongolia ya no hay adjetivos posibles. En todo caso, son rarezas. El perro mongol, una poética aproximación al país asiático, es una de ellas y su directora, Byambasuren Davaa, aspira a repetir con la cinta el sorprendente éxito que obtuvo con La historia del camello que llora, candidata al Oscar.
Davaa muestra los avatares de una familia nómada que experimenta de primera mano la espectacular transformación que ha vivido el país en los últimos años. "Son los últimos representantes de la vida ambulante", explica. Sus miembros, un matrimonio y sus tres hijos, se empeñan en sobrevivir según sus viejas costumbres, pero cada vez lo tienen más difícil debido a los inconvenientes que acarrea el progreso.
La narración avanza despacio y se recrea en la belleza de los paisajes. Por ellos transita Nansal, la hija mayor, que, al recoger un perro abandonado pese a la oposición de su padre, ilustra el significado especial que, según las viejas creencias de estos pueblos, tiene este animal en el ciclo de la reencarnación. " ¿Qué significa la vida moderna para los nómadas?", se pregunta Dava.
Proyectado en la edición anterior del Festival de San Sebastián, El perro mongol es una obra de difícil enmarque. "Es una reflexión sobre cómo la sociedad está perdiendo la comunicación con la naturaleza", define su directora.
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