Autor crítica:
FEDERICO MARÍN BELLÓN
El primer largo de Aitzol Aramaio ofrece innegables ventajas: deja bien claro adónde nos quiere llevar y, por encima de todo, el destino es hermoso. Héctor, Julieta, Bárbara y Daniel son además cuatro guías fantásticos. que hacen hasta lo imposible para que el público se sienta transportado, no ya a un lugar, sino a un estado de ánimo. El personaje de Alterio pierde a ratos la cabeza, pero el corazón y las piernas le funcionan como nunca y ataca sin temor la cumbre que le propone el debutante, una empresa que sólo parecía posible sobre el papel original de la novela. Que Julieta Serrano mantenga el paso no vendrá marcado con signos de admiración en su currículum. Más llama la atención la facilidad con la que un mozalbete centroeuropeo se sienta a nuestra mesa sin delatarse en los modales. No diremos, por justificar el mal chiste, que Daniel Brül podría ser el salvador de nuestro cine, pero tampoco nos sobran los actores capaces de aprovechar la ventaja de la lengua para desprender una porción de la naturalidad que se gasta el alemán.
Después de este esbozo algo abstracto del planteamiento utópico de la cinta, llena de alegres ocurrencias, el espectador puede aceptar como verdadera la insólita reacción de la pareja mayor cuando vuelve a casa y descubre al intruso, está en condiciones de asumir incluso las soluciones "mágicas" de la trama, sin perderse en el ir y venir de difuntos que perviven en la memoria dañada del protagonista. Su indulgencia no bastará, sin embargo, para pasar por alto la imposibilidad (o casi) de atrapar la magia. No basta con conjurar a los dioses y mezclar los ingredientes precisos para que ocurra el milagro justo cuando la cámara está en marcha. Más fácil es captar otro prodigio, la ternura que rezuma Bárbara Goenaga en cada plano. Con ánimo de no llenar la página de babas, bastará con decir que sus padres no exageraron con el nombre.
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