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La ronda de noche

Autor crítica: ANTONIO WEINRICHTER

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El pobre Peter Greenaway ha perdido la escasa credibilidad que tenía con la parroquia ci-néfila con su desventurada y megalomaníaca obra multimedia "Las maletas de Tulse Luper", cuyas sucesivas entregas han ido cayendo en el limbo. En "La ronda de noche" invierte la dirección de su educada y culterana mirada, dirigiéndola no hacia el post-cine sino hacia ese venerable antecesor de las artes visuales que es la pintura: Rembrandt, nada menos, y su cuadro más famoso, del que toma su nombre la película. No estamos ante un "biopic" al uso (la sóla sugerencia sería insultante para Greenaway, que desprecia el cine convencional tanto como éste a él) sino ante una más bien atractiva y decididamente posmoderna mezcla de modos de representación, como es marca de la casa: una serie de bloques toman la forma de tableaux vivants (algo obligado en una película de cine-pintura), otros adoptan una dramaturgia ligeramente más convencional (los personajes se hablan entre sí y no a cámara) y en otros, en fin, quizá los más hermosos, es el propio pintor quien se dirige al espectador y le cuenta su pródiga vida amorosa. En la línea de la película que le lanzó, "El contrato del dibujante", Greenaway introduce un elemento conspirativo en la confección del cuadro: los juegos de poder de los nobles de Amsterdam que pugnan por salir en él. Y es que ninguna representación es inocente; y ninguna lo es menos que una película de Greenaway, que se muestra en su elemento en el terreno de su primera vocación, la pictórica, y nos depara una de sus películas recientes más accesibles.

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