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El último rey de Escocia

Autor crítica: RICARDO ALDARONDO

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Le dicen al doctor en un momento de la película que los nativos le llaman el mono blanco de Idi Amin. Sí, casi sin quererlo, con una mezcla de fascinación e inconsciencia, el joven médico que huye de su Escocia natal y de su padre a Uganda en busca de nuevas sensaciones, se ve metido en las redes del dictador. Ese médico es el modo de acercarse a una personalidad histórica que lamentablemente no es rara avis: el salvador del pueblo que acaba asesinando al pueblo. Idi Amin es un tipo bien interesante tal como lo retrata El último rey de Escocia: una personalidad bastante infantil, muy caprichosa y tan entusiasta y sonriente como enloquecida y perversa. La mirada de Forest Whitaker es capaz de retratar bien todo eso, y sobre todo el miedo que da no saber cuándo el terrible personaje va a salir por un lado o por otro. Aunque la perspectiva histórica indica bien el lado por el que optó, con 300.000 asesinados en Uganda tras su paso por el poder.

La evolución de tamaño personaje corre paralela a la de ese doctor inteligente y profesional, aunque excesivamente impulsivo, que por un hecho fortuito se convierte en el médico del dictador. El hombre ve ocasiones de medrar en esa cercanía al poder, pero no es consciente de los peligros que vivirá. Y con esa promesa de aventura, tensión y riesgo, avanza El último rey de Escocia, que más que como lectura histórica o política de esa Uganda de los años 70, se plantea como thriller eficaz con sus dosis casi folletinescas. Y eso que el director, Kevin McDonald (que, para curiosos, es nieto del cineasta Emeric Pressburger), se ha dedicado hasta ahora a los documentales. Su película también tiene una cierta estética de documental en el manejo de la cámara, en el uso de ciertos granulados en la imagen, pero más por dar una sensación de urgencia y tensión, que por tratar de asemejar lo posible el relato a la realidad. El último rey de Escocia arrastra un espíritu novelesco, aunque eso no resta credibilidad a todo lo que ocurre, basado en hechos reales, por supuesto.

Forest Whitaker demuestra de nuevo ese gran actor que es. Como Anthony Hopkins, que ha sido tanto Nixon como Picasso, Whitaker logra que quien fue un calco del auténtico Charlie Parker en Bird, sea también una réplica perfecta de un personaje real tan distinto como Idi Amin. Esa imponnente presencia física que sabe combinar con una mirada inocente (como en el gangster de Ghost Dog) dibujan la personalidad contradictoria del dictador, que dirige el país como un niño con juguete nuevo y posteriormente disfruta con el desmembramiento de cualquiera al que considere enemigo de su régimen. Su perversidad, por cierto, da para una escena que inevitablemente recuerda a Un hombre llamado caballo.

A ese director, Kevin McDonald, le falta personalidad para que El último rey de Escocia sea algo más que un entretenido relato con un par de enseñanzas históricas y políticas, e incluso le sobra algún detalle folletinesco, pero cuenta con la solidez de todos los actores y la fuerza de los dos personajes principales, y sabe mantener el interés de principio a fin.

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