Autor crítica:
E. RODRIGUEZ MARCHANTE
Hay varias pequeñas señales en esta película de Paul Haggis (el hombre que pateó las previsiones del Oscar con "Crash") que la convierten en única dentro de ese pseudogénero tan de moda que es "la guerra de Irak". La más clara (y más imperdonable, al parecer) es que no utiliza su dedo para acusar directamente a Bush sino para hilar un argumento más fino y para llegar al origen, al germen o al virus no de esa guerra, sino de cualquier guerra. En una escena directa, abismal y casi en los márgenes del argumento de la película, un soldado llora por teléfono a su padre y le pide que lo saque de allí; el padre, ya veterano de otras guerras, se preocupa de algo obvio: si hay alguien cerca que lo esté viendo llorar. Cuidado...
Haggis utiliza la guerra como un más allá: ni siquiera la mira directamente, sino a través de unas cuantas imágenes sin elaborar, tomadas de cualquier modo y difundidas por teléfono móvil o Internet. Con la metáfora fácil, incluso facilona, del título y de la referencia a David y Goliath da por zanjado todo al arsenal demagógico que suele llevar este pseudogénero dentro... Ya no necesita recurrir más al tópico, y no lo hace:
Lo cambia por un argumento policíaco, ensopado de tragedia (o tragedias, si alguien quiere profundizar), en el que un padre busca a su hijo desaparecido a la vuelta de Irak, en un permiso, y sin dejar otro rastro que un mensaje de teléfono, algún correo electrónico. La película consiste en conocer al padre, ex policía, minucioso, terco, perteneciente a un mundo que se esfuma y en el que todavía tiene un sentido crítico el modo en que se coloca una bandera.
El personaje lo interpreta Tommy Lee Jones, un prodigio de actor en un prodigioso personaje que se muestra al espectador tan blanco y húmedo como una manzana recién abierta con un mero limpiarse las botas; pero también tan negro y seco en un par de escenas familiares y profundamente trágicas: Susan Sarandon compone, junto a Tommy Lee Jones, una versión actualísima de La Pasión mientras andan por los pasillos de la morgue...
Sólo la inteligencia y la puntería del cine de Haggis nos libran de las habituales diatribas y de las frases hechas y apologías sobre lo bueno y lo malo. No necesita más que una conversación a pie de coche, el rostro de un asesino que ignora que lo es, y frío, tonto e incapaz de albergar ni una mota de remordimiento, para llegar hasta el fondo de todas las guerras, o del mismo ser humano.
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