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La vida de los otros

Autor crítica: RICARDO ALDARONDO

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Calladamente, sin apenas repercusión en festivales europeos, La vida de los otros se ha convertido en una de las grandes sorpresas de la producción de 2006. En su país, Alemania, ya la dotaron de numerosos premios, y la enviaron a los Oscar, donde ahora figura como una de las cinco candidatas como película en lengua extranjera. Quizás el hecho de que el director sea debutante (aunque con algunos cortos y televisión en su haber) y que no tenga grandes estrellas internacionales en su reparto (aunque a Sebastian Koch le estamos viendo ahora mismo en otro filme en cartelera, El libro negro) ha frenado su difusión. Pero lo que le sobraba para triunfar, como un secreto a voces, era calidad cinematográfica, perfección narrativa y una capacidad asombrosa para describir la situación de toda una sociedad, y los padecimientos más íntimos de algunos individuos, sin concesión al espectáculo.

En la RDA, pocos años antes de la caída del muro, un agente de la Stasi es encargado de vigilar a un dramaturgo. Ni siquiera es sospechoso de tratar de aniquilar el rígido sistema como otros artistas, pero la falta de sospechas es sospechosa para un régimen vigilante hasta el delirio, aniquilador de vidas y emociones, catalogador hasta la extenuación de todo movimiento del ciudadano.

Así que todo comienza con un espionaje. Pero nada tiene que ver La vida de los otros con la frenética aventura de El libro negro. En consonancia con la socieda gris, ordenada y vigilada que describe, La vida de los otros está contada con una precisión y una planificación impecables. Pero dejando que poco a poco se vayan destilando los sentimientos de sus personajeas, necesariamente aplastados por el sistema. La descripción del montaje que pone en funcionamiento el sistema de vigilancia al artista impresiona tanto como la soledad del espía que vive esa vida de los otros, en la línea de La conversación de Coppola. El protagonista de esa situación, el policía de la Stasi, es un prodigio de interpretación por parte de Ulrich Mühe, con un rostro impasible, pero que de forma casi milagrosa va revelando la verdad de lo que va ocurriendo en su interior.

En ese sistema deshumanizado, el arte, con su capacidad para conmover, es capaz de mantener viva la llama del ser humano libre. Una pieza para piano, la actitud honesta e insobornable de un dramaturgo, el amor con todas sus incertidumbres, luchan contra la delación, la traición y la sospecha que el sistema utiliza como herramientas imprescindibles para mantenerse. Esa lucha de actitudes y apariencias agarra al espectador y lo conmueve sin un solo golpe de efecto, con un suave e impecable crescendo, que cuando ya parece que ha alcanzado el cenit, va a más.

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