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La vida en rosa (Edith Piaf)

Autor crítica: OSKAR L. BELATEGUI

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No falla. Suenan las primeras notas de la orquesta y una voz pone la piel de gallina. Edith Piaf trina No, no me arrepiento de nada y su frágil silueta se retuerce en el escenario del Olympia. Los dedos son garras que rasgan el aire. Su cuerpo pertenece a una mujer de 80 años, pero tenía 47 cuando 40.000 parisinos, entre ellos Marlene Dietrich, la acompañaron al cementerio de Père-Lachaise el 14 de octubre de 1963. Hay canciones que son himnos, declaraciones vitales. Frank Sinatra cantaba My Way (A mi manera) entre nostálgico y chuleta. Piaf nunca se arrepintió de una vida al límite donde la tragedia no le dio tregua.

Más de cinco millones de franceses han llenados los cines en apenas dos meses para demostrar que Edith Piaf sigue viva en la memoria colectiva. La Môme (La Chavalilla, su apodo popular) se transforma en castellano en La vida en rosa, título de una canción compuesta por ella que el país adoptó como marcha de posguerra. Una nana sarcástica, porque el pequeño gorrión siempre vio arrebatada su felicidad.

Hija de un padre contorsionista y de una madre cantante callejera, Edith Giovanna Gassion fue abandonada a los dos años. Creció entre las esquinas del barrio parisino de Belleville y el burdel en Normandía regentado por su abuela. La pequeña cantará en tabernas y cuarteles por unas monedas. Se prostituirá, será objeto de comercio sangriento por bandas rivales, padecerá una ceguera durante cuatro años fruto de la miseria, herederá el alcoholismo materno y tendrá de adolescente una niña que abandonará y morirá de meningitis con dos años.

Piaf encontrará consuelo en la morfina y en novios chulos y hampones por los que perderá la cabeza. Ya famosa, recibirá en su camerino y en su cama a todos los hombres que la adoraban: Charles Aznavour, Yves Montand, Gilbert Becaud, Georges Moustaki, Eddie Constantine El amor de su vida fue el boxeador Marcel Cerdan, casado y con hijos. El campeón del mundo murió en el primer accidente de Air France en la línea París-Nueva York tras más de dos mil vuelos. Tenía 33 años.

"Una cantante punk"

Comas hepáticos, intervenciones quirúrgicas, delirium tremens, intentos de suicidio Edith Piaf nutría sus canciones con dolor auténtico y vivido. Era un ser frágil y vulnerable, pero también una diva tiránica y excesiva. "Su autodestrucción comenzó el día en que sus padres la abandonaron", observa el director Olivier Dahan, que decidió retratar a la reina de la chanson francesa al descubrir una fotografía suya en los años 30, cuando se rompía la garganta en los tugurios de Pigalle. "Me pareció una mujer furiosamente moderna, una cantante punk de su época".

Dahan, pintor, músico y director de videoclips, ha salvado este año la cuota de pantalla del cine francés. El autor de La vida prometida y Los ríos de color púrpura 2 inauguró la pasada Berlinale con La vida en rosa, una superproducción de dos horas y media que repasa la biografía de Piaf desde su nacimiento hasta su muerte.

Un vibrante espectáculo que reconstruye el París arrabalero y canalla desde los años 20 a los 60 -en realidad, Praga- y el lujo y la gloria que la cantante paladeó en Nueva York, cuando Charles Chaplin y Orson Welles corrían a aplaudirla en el Carnegie Hall. La inmensa suerte de Dahan ha sido contar con una actriz prodigiosa, que gracias a su talento y el maquillaje se transforma en la Piaf. Marion Cotillard, 31 años, ríe, llora y calca la escalofriante presencia escénica de una artista que sólo temía a la soledad y a la luz del día.

Un musical popular

"Edith Piaf es el ejemplo perfecto de alguien que no pone ninguna barrera entre la vida y el arte", reflexiona Olivier Dahan. "Cuando un artista empieza a autodestruirse su arte retrocede, pero ella fue la excepción. Mientras su cuerpo se iba consumiendo, su arte se iba elevándose, haciéndose más puro. Nunca se rindió".

La vida en rosa se detiene en los episodios que marcaron a Piaf. Su infancia rodeada de prostitutas que asumieron papeles maternos, en particular la entregada Titine (Emmanuelle Seigner); su relación con el empresario teatral Louis Leplée (Gérard Depardieu); y su idilio con Marcel Cerdan (Jean-Pierre Martins).

El director no sigue un orden cronológico, sino que apuesta por largos flashbacks que saltan en el tiempo. Dahan soslaya explicaciones históricas -en especial, en la Francia ocupada por los nazis- y se mueve más a gusto en los moldes del melodrama y hasta del musical popular: "Quería pintar un gran lienzo sobre una personalidad poderosa, inimitable y autodestructiva".

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