No es casual que una cinta uruguaya como puede ser Whisky, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, se proyecte en las salas de Madrid, Berlín o Huelva, al sur de Andalucía -también al sur de Europa y a miles de kilómetros del lugar en el que se engendró-. Tampoco lo es que críticos europeos que ni siquiera tienen en común con Iberoamérica la forma de comunicarse tengan la oportunidad de juzgar un largometraje procedente de Latinoamérica, o que los espectadores de una sala cualquiera puedan conocer el trabajo de los cineastas iberoamericanos.
Detrás de este entramado poco cercano a la casualidad se esconden estrategas como Jose María Morales, un productor y distribuidor madrileño capaz de hacer que un proyecto cinematográfico supere
las corrientes del Atlántico y llegue a la gran pantalla, el lugar con el que cualquier director de cine sueña, donde los espectadores pueden llegar a fundirse con cada fotograma. Y que llegue con los honores de una obra de arte, tal y como merece un trabajo que se ha ido fraguando durante años y en el que todo un equipo ha entregado cuerpo y alma.
Algunos de los filmes en los que José María Morales ha trabajado como productor y que se podrán ver a lo largo del festival son:
La gran final, de Gerardo Olivares (España/Alemania)
Historias mínimas, de Carlos Sorín (Argentina/España)
La puta y la ballena, de Luís Puenzo (Argentina/España)
Nómadas del viento, de Jacques Perrin (Francia/Alemania/Italia/España/Suiza)
Profundo carmesí, de Arturo Ripstein (México/España/Francia)
Suite Habana, de Fernándo Pérez (Cuba/España)
Whisky, de Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella (Uruguay/Argentina/Alemania/España)
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