Los Krauze vuelven al realismo social
con un drama familiar que tiene lugar
en la ‘Plaza del Salvador’ de Varsovia./VICTORIA M. NIÑO
Joanna Kos-Krauze y Krzysztof Krauze, tras la proyección. / GABRIEL VILLAMIL
PISAN territorio conocido.
Los Krauze ya recogieron
una Espiga en el 2005 cuando
la actriz protagonista de su
película ‘Mi Nikifor’ se
impuso a las demás intérpretes
de aquella edición. Y en el terreno
creativo la obra que presentan, ‘Plaza del
Salvador’, también es un guiño a su cine
anterior. Precisamente, ‘La deuda’ terminaba
en la Plaza de Varsovia, que da
nombre a esta última obra, cuyo
escenario principal es una casa
ubicada allí.
«Tanto en ‘La deuda’ (1999)
como en ésta intentamos reflejar un país
en estado cambiante, Polonia es un país
en transición. Aquella contaba la historia
de varios jóvenes intentando abrirse
paso en el mundo laboral, y en ésta nos
centramos en la vida familiar», explicaba
ayer Krzysztof Krauze acompañado
por su esposa y codirectora, Joanna Kos-
Krauze. La película fue estrenada en su
país hace un año y ha tenido muy buena
crítica y buena respuesta del público,
convirtiéndose en un fenómeno social.
«Hasta el final del rodaje
no sabíamos cómo iba a
acabar. Dejamos que los
actores propusieran el
desenlace del drama»
La historia que conforma el guión partió
de un breve publicado en un periódico
polaco sobre el intento de una madre
de matar a sus dos niños y suicidarse
ella por la insostenible situación familiar
que padecían.
Para el cásting prefirieron contar con
rostros no profesionales, en pos de un
mayor naturalismo. La cruda historia
gira en torno a una joven pareja con dos
hijos que se ven obligados a vivir con la
madre de él y cuya vida se convierte en
un infierno. «La protagonista fue actriz
de niña pero ahora no trabaja en
la interpretación. Es representante
de los mejores actores polacos
», aclaran los directores. Beata
es el nombre de su personaje, madre
de dos niños. El siguiente reto fue buscar
a los dos menores. El primer campo fue
los hijos de actores, para que estuvieran
habituados a un rodaje, pero al leer el
guión todos se echaban atrás. Fue una
pareja joven, ajena al mundo cinematográfico,
la que consideró que valía la
pena participar en la denuncia que hace
la película sobre las infancias marcadas
por los complejos y los crímenes de los
adultos. «Los niños fueron los que improvisaban
y se comportaban de forma más
natural», cuenta Joanna.
Los Krauze vuelven al realismo social
con un drama en el que se enfrenta la
mujer rural y la urbana, el hombre dominante
y la esposa pasiva, la culpa y la
redención. Los directores dejaron abierto
el final en el que participó todo el
equipo, «hasta el final del rodaje no sabíamos
cómo iba a acabar».