El veterano realizador retoma la cámara tras vario años de silencio y vuelve a su Cantabria natal en 'El prado de las estrellas'./VICTORIA M. NIÑO
Mario Camus, ayer en Valladolid. / GABRIEL VILLAMIL
LLEVA mal lo de acompañar a
la obra en sus primeros
pasos. Mario Camus (Santander
1935) se somete a la rutina
informativa con bisturí
cartesiano. Disecciona cada pregunta en pos de la respuesta metódica
y da más libertad a sus personajes
que a sus palabras.
–El mundo que retrata, ¿es el que quisiera
que fuese o el que es?
–Es muy difícil y presuntuoso decir que
es el mundo que es. Me quedaría con
que es el mundo que quisiera que fuera,
pero no descarto la posibilidad de
que haya gente así. De hecho creo que
puede estar repartido, que esas cosas
existen y hay que encontrarlas.
–¿Y se ha topado con filántropos como el
personaje de Álvaro de Luna?
–En este caso hay algo altruista, lo hay
pero podía ser de otra manera. Es algo
un poco más complejo, al hombre que
va a ayudar al chico le preguntan
«usted qué gana con eso» y él contesta
que «mucho». En definitiva ¿quién ayuda
a quién? ¿El médico al paciente o el
que sana y paga al médico y le ayuda a
vivir? Es una contraprestación. No
existe el altruismo simple y lo explica
el personaje, dice que vivir una aventura
a esa edad es fantástico. Es la manera
de enfrentarse al asunto.
–¿De dónde nacen sus personajes?
–Son como collages todos los personajes,
algo que has visto, una noticia en el
periódico, algo que te cuentan, no sé de
qué está hecho el tejido de los personajes,
es muy variado.
–Ha adaptado obras literarias con éxito.
¿No hay ‘aldecoas’, ‘delibes’ o ‘celas’
ahora que llamen su atención?
–Yo no los encuentro. Por otra
parte no los hallo porque estoy
enraizado con esa generación
aunque no sea más que el epígono.
Los cineastas que empezamos
a trabajar a finales de los cincuenta
estamos de lleno metidos en esa generación
de novelistas: bebimos de ellos,
nos parecieron novelistas maravillosos,
conocían el país, el habla, las costumbres,
te daban noticia de todo porque de
todo sabían. ¿Es irrepetible? No lo sé,
yo no lo veo, no lo conozco. Hay novelas
claves en la vida, desde ‘Entre visillos’,
‘Los Bravos’, ‘El Jarama’ o las novelas
de Miguel fabulosas... o no tengo la
edad de disfrutar de cosas que son formidables
o simplemente no las conozco.
Ésa es una generación de oro y creo
que cada vez se agiganta más.
–Refleja un medio rural amenazado por
la construcción. ¿Ve otra salida?
–Vaya usted a saber qué será de este
mundo. Por supuesto yo no soy un
redentor. Simplemente me divierte
observarlo y hacer mi trabajo, reproducirlo.
Todo está relacionado con el mercado,
sus necesidades, su cultura, la
globalización. Eso de que a uno le digan
exactamente qué es lo que tiene que
plantar, hacer, y de repente esta
pérdida de personalidad, es
complicado, son adaptaciones
largas, y difíciles de llevar. No
apostillo sobre eso, simplemente
puedo expresar mi desconfianza, mi
pesimismo respecto a las nuevas tendencias.
Eso trasladado a la narración
da como resultado estos personajes que
ofrecen más o menos resistencia al
hecho de que les manipulen.
–¿Acepta la calificación de chejoviano
para su guión?
–Aludimos a Chejov siempre porque
dentro de los escritores es una categoría.
Si digo que la película no pretende
ser tolstoiana sino chejoviana, se
entiende que no tratará de grandes
pasiones o debates sino de gente que
habla a media voz y que aspira a ponerse
el botón de la chaqueta para salir. Es
el mundo de las pequeñas cosas.
–Enfrenta a la protagonista a dos pretendientes
del Pas profundo.
–De los chicos hay uno que piensa que
lo que se conquistó a los 14 años puede
durar toda la vida, que unos sentimientos
jóvenes pueden ser duraderos sin
hacer esfuerzo. Y el otro tiene tendencia
a imponer su voluntad. Y ahí la chica
elige algo nada despreciable, su propio
camino, su personalidad.
–¿Tiene alguna película en mente?
–Cada vez me cuesta más trabajo. No
estoy en el mercado, a nadie se le ocurre
llamarme para hacer una película,
entonces tengo que echar mano de lo
que yo pueda escribir. Alguna vez tengo
la tentación de acudir a algún cuento
de estos grandes escritores pero me
encuentro con una dificultad: lo que
quiero expresar con un cuento de
Miguel o Ignacio, ya es época y más
difícil que el siglo XVII. Nosotros tenemos
una misión que es hacerlas creíbles
y hay que hacer un gran esfuerzo..