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Azucena tiene 22 años y vive con su madre, que ha perdido el habla debido a un suceso del pasado. La existencia de la joven está marcada por el miedo a ser tocada y amada, y por eso se niega violentamente a tener relaciones sexuales, refugiándose en un cerrado mundo personal y en la imaginería religiosa que decora su cuarto.
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