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Severiano Paredes heredó de su abuelo un campo de melones en los alrededores de Madrid. Con el paso del tiempo, el melonar se ha convertido en una moderna urbanización y ha hecho ricos a Severiana y su esposa Venancia. Esta riqueza no se ha notado más que en un frigorífico y una batidora, porque Severiano sigue jugando al mus en una tasca de Cascorro con sus amigos de siempre. Sus hijos, sin embargo, sí que han cambiado.


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