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Estalingrado en 1942. Herbert estiró la pata justo cuando se lamentaba de los "mentecatos" que llevaban la voz cantante. A continuación, se cubrió de yeso, venda y bandera hasta que perdió la cabeza dejando a la vista un hueco profundo: así se hace tabula rasa en la "azotea". En los jardines reales de Múnich denominados Rofgarten, delante de la ruina recompuesta del Museo del Ejército, hay un monumento que anuncia la resurrección de los soldados caídos. Allí aparece el soldado Herbert, cuarenta años después de la guerra, y piensa estar en Estalingrado, que, en su opinión, después de haber sido destruida por los alemanes vencedores, se había reconstruido a la imagen y semejanza de Múnich. Por lo visto no había cambiado nada.
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